Es muy común escuchar en los medios de comunicación que quienes compran pisos para alquilar son meros especuladores que se aprovechan de las personas más desfavorecidas. Sin embargo, si analizamos la situación desde una perspectiva puramente económica y funcional, el propietario está ofreciendo un servicio fundamental a la sociedad.
Piensa en el panadero o en el dueño de un supermercado: ellos también ganan dinero vendiendo bienes de primera necesidad como los alimentos, y nadie los acusa de ser malvados por cobrar un margen de beneficio por su trabajo.
Del mismo modo, si los pequeños inversores no arriesgaran su capital, no se endeudaran fuertemente con los bancos y no invirtieran tiempo y dinero en reformar viviendas en mal estado, muchísimas de esas casas seguirían completamente vacías, vandalizadas o inhabitables.
Al poner más propiedades reacondicionadas en el mercado del alquiler, están incrementando de facto la oferta habitacional, lo cual, según la ley básica de la oferta y la demanda, es la única forma real de contener la subida descontrolada de los precios.
Culpar al pequeño o mediano propietario suele ser una estrategia mediática de los gobiernos para evadir su propia responsabilidad por no haber construido un parque de vivienda pública suficiente durante las últimas décadas.



