A la hora de apalancar tu dinero para adquirir bienes raíces, elegir entre una hipoteca a tipo de interés fijo o una de tipo variable es una decisión trascendental que puede consolidar tu negocio o llevarlo a la ruina financiera.
Históricamente, el producto bancario tradicional es la hipoteca variable, la cual está atada directamente a las fluctuaciones de un índice de referencia como el Euribor, sumado a un diferencial.
Cuando la economía es favorable y los tipos están bajos, la opción variable parece mucho más atractiva y económica inicialmente; no obstante, te obliga a asumir un enorme nivel de riesgo a largo plazo. Si el Euribor se dispara repentinamente, tu cuota mensual hipotecaria puede duplicarse, devorando por completo tu cashflow y tus ganancias de alquiler.
Por el contrario, la hipoteca a tipo fijo funciona financieramente como un seguro de tranquilidad: aunque pagues un tipo de interés ligeramente superior o una prima al firmar, te garantizas estrictamente la misma cuota mensual inamovible durante los 20 o 30 años de vida del préstamo.
Para un inversor patrimonial que busca alquilar a largo plazo, la hipoteca fija es indudablemente la opción ganadora y más sensata. Te proporciona una seguridad y previsibilidad total de tus gastos para planificar nuevas compras.
Además, la inflación actuará como tu mejor aliada: mientras el valor del dinero se devalúa y el precio de tus alquileres sube año tras año, tu cuota hipotecaria fija representará un esfuerzo y un gasto cada vez más insignificante.



